Ensayos

Consumir antes de entender

2026-03-04 — Rock y subjetividad en los consumos culturales pre-discursivos

Una parte importante de nuestra formación cultural no ocurrió cuando aprendimos a explicar el mundo, sino bastante antes: cuando algo nos pasó sin que supiéramos muy bien por qué. Hubo objetos culturales (discos, películas, libros, imágenes) que ingresaron a nuestra vida no como contenidos a decodificar, sino como experiencias sensibles que nos afectaron antes de cualquier marco interpretativo.

A ese tipo de vínculo lo propongo pensar como consumo cultural pre-discursivo: una relación en la que la experiencia antecede al lenguaje, y donde el sentido no se transmite, sino que se construye con posterioridad.

En este esquema la pedagogía clásica se invierte. No hay primero una regla, una explicación o una ideología que luego se internaliza. Hay, en cambio, un impacto de orden fenomenológico: sonoro, visual, corporal, afectivo. Recién después (a veces mucho después) aparece la necesidad de entender qué fue eso que nos pasó.

El rock opera históricamente como uno de los dispositivos más eficaces de este tipo de formación. No porque sea intrínsecamente rebelde o político, sino porque ingresa por el cuerpo antes que por el discurso. El volumen, la velocidad, la voz, el gesto, la energía colectiva de un recital o la escucha íntima de un disco generan una identificación que no necesita ser explicada para ser sostenida.

En muchos casos, el rock no enseñó qué pensar, sino desde dónde pararse. No ofreció un programa ideológico cerrado, pero sí una sensibilidad: una forma de desconfiar de la autoridad, de percibir la injusticia o de reconocer la incomodidad como parte de la experiencia social. Esa formación no fue explícita ni guiada; fue, justamente, no autorizada.

Consumir rock (en determinados contextos históricos) implicaba trabajo: buscar los discos, traducir las letras, aceptar la incomodidad de no encajar del todo. Ese esfuerzo no era solo material; era simbólico. Elegir ese objeto cultural suponía ensayar una identidad, sostener una diferencia y por lo tanto, asumir un costo.

Este mecanismo no es exclusivo del rock ni pertenece solo al pasado. En mi trabajo de investigación sobre cultura digital y comunicación política observé lógicas similares en la circulación de memes, imágenes y discursos afectivos contemporáneos. También allí la identificación antecede al análisis; también allí la experiencia emocional produce sentido antes de cualquier elaboración racional.

La diferencia es que, mientras el rock operaba como formación lenta y artesanal, los consumos culturales digitales aceleran ese proceso y lo masifican. Sin embargo, la lógica es la misma: primero la afectividad (el pathos) y luego la interpretación: primero el nosotros imaginado, después el discurso que lo estructura.

Pensar los consumos culturales pre-discursivos permite entonces correr el foco de la pregunta por los mensajes hacia la pregunta por las experiencias. No se trata solo de qué dicen los objetos culturales, sino de qué nos hacen antes de que sepamos decir algo sobre ellos.

Tal vez por eso algunos discos, imágenes o canciones no nos abandonan nunca del todo. Porque no nos enseñaron algo que podamos olvidar, sino que participaron —sin pedir permiso— en la construcción de quienes somos.

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